‘La vida de Calabacín’ – Gestionar el ‘abandono’

El miedo al abandono es un hándicap para muchas personas a la hora de tener una relación sana. Aferrarse con angustia a otra persona es el síntoma principal, aunque esa persona ya no nos quiera o no nos aporte, incluso nos maltrate, no podemos considerar que se vaya de nuestra vida. Muchas personas no saben cuál es el motivo por el que viven sus relaciones personales con ansiedad ante la separación, ya sea temporal o definitiva. En muchos casos, se debe a dificultades en el apego en la infancia. El apego es un instinto básico de supervivencia que nos liga a otros seres humanos. Nuestros padres son en esencia los responsables de ayudarnos a gestionarlo y a interpretar las emociones que genera, pero nuestras experiencias vitales también marcan como viviremos nuestros sentimientos.

Miedo al abandono

Relacionado con este tema, hoy quiero hablaros de la película ‘La vida de Calabacín’. Con este nombre en apariencia tan inocente, la historia sobre una casa de acogida para niños con problemas familiares se cuela con mucho tacto en el corazón. Habla de cómo afrontar la soledad en todas sus crudas versiones. Lo que más me ha gustado de esta película es la manera directa y sin adornos de representar una realidad tan dura y sin embargo no recrearse en lo más oscuro. La vivencia del abandono de cada uno de los niños, sus estrategias de supervivencia que se activan desde tan pequeños, genera una conmovedora reflexión.

Una increíble manera de presentar la orfandad, una película tierna pero a la vez muy adulta sobre la exclusión y el abandono.  Es muy recomendable verla y dejarse contagiar por su ternura infantil y su sencillez narrativa. Así son las cosas, nada más.

¿Se puede superar una infidelidad?

La infidelidad suele ser uno de los problemas principales que pueden afrontar las parejas. La vida en común suele ser una negociación continua y es lógico que pueda haber malentendidos y discusiones, pero cuando nos encontramos ante el hecho de que nuestra pareja ha compartido con otra persona un espacio de intimidad (en la medida que sea) nos podemos sentir bloqueados y sin saber qué hacer. Los sentimientos de rabia hacia el otro, la sensación de traición y la deslealtad nos invaden y podemos entrar en un círculo vicioso en el que la relación quede parada porque no lo queremos dejar pasar, pero tampoco queremos estar mal. Muchas veces las mismas ideas se presentan una y otra vez en nuestra mente:

  • ¿Tengo que ‘lanzar por la borda’ toda una vida o mi familia por esto?
  • ¿Puedo llegar a perdonar esto y volver a tener una pareja feliz?
  • ¿Podré volver a confiar en mi pareja? ¿Lo volverá a hacer?

Infidelidad

Con frecuencia aparecen preguntas que pueden llevarnos a sentir celos, inseguridad y a buscar venganza. No tenemos por qué sentirnos culpables por eso, pero tenemos que saber cómo gestionar estos sentimientos para no hacernos más daño o empeorar las cosas. También es contraproducente mirar hacia otro lado y negar la evidencia. Reconocer lo que está pasando, tener respeto por nuestros sentimientos y buscar una manera de solucionarlo es el camino adecuado a largo plazo.

No hay respuesta para todo el mundo. Es lógico que cuando nos han herido nos sintamos tristes, rabiosos y con desesperanza hacia el futuro, pero eso no quiere decir que no se pueda superar una infidelidad. Hacer una terapia de pareja nos puede ayudar a analizar la situación, reparar los daños y las heridas y plantearnos un camino hacia la reconciliación. No podemos aferrarnos a la idea de que no se puede arreglar ni tampoco a la contraria. La cuestión más importante para superarlo es centrarnos en sanar nuestros pensamientos y reconciliarnos con esa persona que ha compartido tanto de nuestra vida, tanto si rompemos como si no. Es un proceso por nuestro propio bien y el de nuestros hijos y familia. Ir a terapia nos ayudará, si queremos, a superarlo juntos o separados.

Ser valiente es lo que cuesta…

Ser valiente no es no tener miedo. Es lanzarse, es atreverse. Es ver el miedo y reconocerlo. Saber su nombre, conocer su cara. Haberle tenido presente de día y también de noche sabiendo que no se va a ir a ninguna parte, hagas lo que hagas, digas lo que digas.

Ser valiente es gritar más alto, cerrar los ojos y sentir el vacío, entrar en contacto con la incerteza. Sentir que puedes morirte en ese justo instante, pero sobrevivir, como tantas otras veces.

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Ser valiente es dar un salto, saber que hay vacío habiendo calibrado la cantidad de agua, sabiendo que no hay nada que pueda llenar el aire que te separa del otro lado. Es rezar todo lo que te sabes y seguir pensando que te mueres.

Ser cobarde es creer que puedes vivir con ese miedo, que la certeza al otro lado está sobrevalorada, que algún día dejarás de tener miedo y entonces, sólo entonces, será el momento. Porque antes no se puede hacer nada al respecto más que tener miedo. Como si eso fuera el motivo, tener miedo. El miedo nunca es el motivo. El miedo es la excusa que nos separa de lo que queremos.

Si no quieres saltar, no saltes. Si es lo que quieres abrázate con tu miedo, duerme con él todas las noches, deja que maneje tu tiempo. Si realmente lo tienes claro, siéntalo a tu mesa y que viva de tus frustraciones. Y sigue diciéndote con certeza ‘es que tengo miedo’ como si fuera un hechizo contra la tristeza, esa que también es tuya pero que no dejas que pase de la puerta. Pero no intentes convencerme de que ese es tu motivo, mejor te espero al otro lado de la puerta.