¿Y ahora qué?

En breve iniciaremos una ‘nueva normalidad’ en la que todavía hay incertidumbre sobre lo que supondrá en nuestra vida. Adaptarnos a las medidas de seguridad, vivir con miedo el contacto social, la preocupación por nuestros familiares y amigos, asumir las pérdidas en una situación terrible, una situación económica incierta… Puede subir nuestro nivel de miedo ante el futuro y generarnos ansiedad. También es posible que nuestro estado de ánimo decaiga, nos sintamos más tristes y desesperanzados o todavía necesitemos digerir el shock.

Han sido unos meses que nos han pedido un extra de paciencia y capacidad de adaptación, y puede haber abierto heridas en nuestras relaciones o en nuestros proyectos.

salir covid19¿Necesitas reorganizar tu mente? ¿Necesitas plantearte el futuro de tus relaciones personales o laborales? ¿No sabes muy bien cómo encarar el futuro? Si crees que has entrado en una duda más o menos profunda, es un buen momento para consultar. Intentaremos buscar una manera de que puedas sentirte mejor y acompañar este momento.

 

El servicio de visitas online se mantiene de la misma manera que se ha realizado durante el estado de alarma y confinamiento, con las mismas facilidades. Puede ser una buena opción para conciliar horarios personales, familiares y laborales y reducir desplazamientos.

Si te interesa la terapia presencial, he retomado las visitas en franjas reducidas. Ponte en contacto para pedir tu cita con suficiente antelación.

“La mejor forma de predecir tu futuro es construyéndolo”

¡Qué injusto!

La vida es injusta. Es una afirmación dura, pero es la manera de relajarse y empezar a aceptar lo que nos pasa. Muchas personas sufren mucho porque, de alguna manera, han llegado a creer que hay una balanza en algún lugar que reparte de forma equitativa los avatares de la vida. Sin poner en duda las creencias de nadie, me voy a ceñir a lo que sabemos: a las personas buenas también les pasan cosas malas ¿es injusto? Pues sí, pero es real.

Es muy frustrante que no se nos dé lo que creemos merecer, que algo nos arranque de la vida o de nuestros seres queridos, nos separe de las cosas que amamos. Hoy no tengo sugerencia para eso, es verdad y es un misterio que no podemos resolver por medio de la razón. Lo único que podemos hacer es prepararnos para aceptar la frustración. No son más felices aquellos que evitan más males en su vida, sino los que los capean sin rendirse y sin dejar que afecte a su autoestima. Es cierto que a lo mejor no te lo mereces, que quizá otros lo merecían más. Pero adaptarte a las circunstancias y continuar creyendo que puede salir el sol es la única opción.

“La vida es una eterna provisionalidad, aunque nos empeñemos en vivirla como si no lo fuera.” Conocí a alguien que decía esto y pensé que tenía mucha razón. Es lo único que tenemos, el presente y nuestros recursos. La vida no es justa demasiadas veces, y el miedo a la incertidumbre es el mal de nuestra sociedad. Ahora nos pone delante de la situación más desconocida que la mayoría vamos a afrontar – aceptarla es la cura.

Los cambios indeseados nos enfrentan con la fragilidad de la vida. Los budistas lo expresan con la expresión shogyo mujo, todo está en constante cambio y con mucha rapidez, no podemos bajarnos, necesitamos entrar en su baile. Piensa que si todo cambia, también nosotros cambiamos, mutamos, nos adaptamos.

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‘Shogyo mujo’

Ayuda ante la pérdida de un ser querido

Las despedidas de los seres queridos siempre son complicadas. El duelo, cuando una persona se va, ya de por si lleva una serie de fases que necesitan cariño, paciencia y sobretodo tiempo. Si además debemos añadir una situación excepcional como la que vivimos al proceso, puede sentirse como una montaña o una carrera muy larga.

El paso principal para no cronificar un duelo consiste en transitar las emociones sin juzgarlas, con paciencia e intentando superar el miedo a sentirlas. De manera natural sentiremos rabia, frustración, vacío, culpa y mucha pena. Así que si además el proceso ha sido traumático debido a la muerte por Covid-19, puede ser algo más intensas.

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Los rituales son importantes para nuestra sociedad, y no poder cumplir con los de despedida del fallecido, pueden hacer la situación confusa y frustrante. Pero debemos pensar que es por la seguridad de todos, y eso hace que los demás puedan permanecer a salvo y protegidos para reencontrarnos cuando todo pase. Es difícil aconsejar sobre qué hacer, porque cada caso es especial, pero hay una serie de pautas que pueden ayudarte si es tu caso:

  • Descarga tus emociones. Si tienes mucha rabia, puedes golpear un cojín u otro objeto blando (no te hagas daño) para descargarla. También puedes escribir todas las palabrotas o maldiciones o culpas que se te ocurran. Date permiso para expresar tu frustración.
  • Llora sin culpa. El llanto es útil para descargarse y alivia. No te pongas prisa para llorar, tu cuerpo sabe regularse y sabe cuándo parar.
  • Puedes hacer algún pequeño ritual en casa, acorde a tus creencias y pensamientos o los del fallecido (fotos, vela, oración, mensaje de despedida en el balcón/ventana, si tienes un objeto de la persona hacer algo simbólico para despedirte) Hazlo si lo sientes así, y puedes también compartirlo con otros amigos, familiares o conocidos si lo necesitan. Puede ayudaros a sentiros unidos en la distancia y frente a la despedida.
  • Escríbele una carta de despedida y exprésale a la persona fallecida tus sentimientos, todo lo que le dirías si la tuvieras delante.
  • Mantente en contacto con otras personas que puedan sentirse como tú por la pérdida, podéis charlar un rato cada día sobre la persona ausente y sobre vuestros sentimientos. El resto del tiempo procura mantenerte ocupado en otras tareas, dentro de lo posible.
  • Piensa que cuando todo pase, podéis preparar algún rito o reunión para homenajear y despedir a la persona. Puedes pensar qué te gustaría prepararle y escribir algunas líneas o algo simbólico para él (un dibujo, una pequeña manualidad, una lectura o poema, lo que sientas)
  • No te olvides de niños y adolescentes. Necesitan unas pautas más ajustadas a su edad, pero no les mantengas al margen y permite que también puedan participar del encuentro familiar y expresar sus sentimientos y miedos.

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Es normal que al principio cueste hacerse a la idea de que el ser querido ya no está, dentro de una situación que ya de por sí nos hacer sentirnos fuera de la realidad. Sobretodo al no poder ver a la persona enferma. Pero es bueno no apresurar el proceso y permitir que nuestra mente vaya aceptando poco a poco la situación. Y si sientes que te sobrepasa, pide ayuda. Un acompañamiento psicológico puede ayudarte a llevar este difícil momento.

El fracaso también es necesario

A menudo nos intentan convencer de que ‘querer es poder’. Hoy en día es un mensaje presentado de forma directa o más subliminal en muchos ámbitos del márketing. Pero hemos de ser sinceros: no es cierto.  O por lo menos no en todos los casos. Nos fuerzan a no rendirnos, seguir siempre adelante hipermotivados y no dar importancia a los sentimientos negativos. Como decimos siempre, todos los sentimientos son importantes y necesarios, la frustración también. Cuando algo no ha podido ser  o no ha salido como esperábamos tenemos rabia y tristeza, podemos sentir desánimo. Es parte esencial de la vida. Ante la decepción, lo más sano no es ignorarlo y seguir adelante, sino pararse y respirar. Intentar consolarse, reflexionar y buscar dónde pueden haber estado los errores.

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A veces las cosas que no pueden ser nos enseñan importantes lecciones sobre nosotros mismos. Tener demasiado miedo y no atreverse a emprender un proyecto de vida daña la autoestima, pero no aceptar las propias limitaciones también lo hace. Creer en uno mismo no supone tener que pensar que somos invencibles (lo contrario sería ser un fracaso ¿no?) es encontrar el equilibrio de lo que somos y lo que no somos.

La aceptación auténtica de uno mismo no es intentar estar ‘arriba’ siempre para demostrarnos (o quizá demostrar a los demás) que podemos con todo, sino encontrar lo que realmente nos llena e intentar hacerlo lo mejor que podamos. Lo que podamos de verdad, sin ponernos en riesgo y sabiendo donde está nuestro límite.

Ser valiente es lo que cuesta…

Ser valiente no es no tener miedo. Es lanzarse, es atreverse. Es ver el miedo y reconocerlo. Saber su nombre, conocer su cara. Haberle tenido presente de día y también de noche sabiendo que no se va a ir a ninguna parte, hagas lo que hagas, digas lo que digas.

Ser valiente es gritar más alto, cerrar los ojos y sentir el vacío, entrar en contacto con la incerteza. Sentir que puedes morirte en ese justo instante, pero sobrevivir, como tantas otras veces.

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Ser valiente es dar un salto, saber que hay vacío habiendo calibrado la cantidad de agua, sabiendo que no hay nada que pueda llenar el aire que te separa del otro lado. Es rezar todo lo que te sabes y seguir pensando que te mueres.

Ser cobarde es creer que puedes vivir con ese miedo, que la certeza al otro lado está sobrevalorada, que algún día dejarás de tener miedo y entonces, sólo entonces, será el momento. Porque antes no se puede hacer nada al respecto más que tener miedo. Como si eso fuera el motivo, tener miedo. El miedo nunca es el motivo. El miedo es la excusa que nos separa de lo que queremos.

Si no quieres saltar, no saltes. Si es lo que quieres abrázate con tu miedo, duerme con él todas las noches, deja que maneje tu tiempo. Si realmente lo tienes claro, siéntalo a tu mesa y que viva de tus frustraciones. Y sigue diciéndote con certeza ‘es que tengo miedo’ como si fuera un hechizo contra la tristeza, esa que también es tuya pero que no dejas que pase de la puerta. Pero no intentes convencerme de que ese es tu motivo, mejor te espero al otro lado de la puerta.

Cuidar del niño interior

“Eso pasó hace mucho tiempo”, “no pienso casi en ello”, “era un niño”… La última de las excusas es la que más impacta al oírla. Que fueras un niño no justifica que lo que pasó fuera mejor o menos malo. Los niños sienten igual que los adultos, y además tienen menos recursos para poder digerir la información. Por eso lo que nos sucede en la infancia es tan potente, a menudo se encapsula en nuestra mente y es vívido como si hubiera sucedido ayer. A muchos adultos les sorprende que algo que pasó hace mucho tiempo les pueda seguir emocionando.

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Las experiencias en nuestra vida cuentan desde el minuto uno que llegamos al mundo. Imagina que cada experiencia es un pequeño ladrillo que va construyendo quienes somos. Algunos son ladrillos más grandes que otros. Por lo tanto, todo lo que nos ha pasado colabora a conformar quien somos y la idea que nos hemos hecho de cómo son las cosas. Si nos han pegado pensaremos que pegar es normal y en realidad no lo es. Justificar ciertas acciones en la infancia puede suponer una herida que no se ha curado y sigue doliendo en la edad adulta. Es norma general que nos convenzan de que madurar es dejar atrás una serie de cosas: dibujar, imaginar historias, soñar despierto, reír abiertamente, jugar, hacer experimentos y sobretodo ser espontáneo. Pero nos olvidamos que este es el camino por el que aprendemos. Si nos volvemos adultos ‘muy serios’ acabamos limitando nuestras opciones porque no hemos alimentado nuestra creatividad como hacemos de niños. Nos vamos llenando de miedos.

Me gustó mucho este corto de Peter H. Reynolds que me enviaron el otro día. Me resulta muy conmovedor y pienso nos da una buena oportunidad de reflexión.

A menudo hemos dejado tan atrás a ese ‘niño interior’. Podemos tener la sensación de falta de sentido que nos lleva a la insatisfacción vital. Por eso, es importante no olvidarnos de mantener una línea directa con nuestros sentimientos y deseos con la que nos podamos comunicar asiduamente. Estas preguntas te pueden ayudar a ver si la mantienes o no. Y responder con monosílabos no vale:

  • ¿Te preocupa más hacer las cosas bien o las cosas correctas?
  • ¿Te gustaría tener menos cosas que hacer o hacer más cosas que disfrutes?
  • ¿Por qué haces tantas cosas que no te gustan si hay tantas cosas que te gustan y no haces?
  • ¿Qué consejo le darías a tu niño pasado si pudieras volver atrás?

Aprovecha el verano y el buen tiempo para conectarte contigo mismo. Las vacaciones nos dan la ocasión de realizar pruebas y tener ese tiempo valioso para hacer cosas diferentes. Aunque sean pequeñas píldoras, pueden reactivarte durante tiempo. Las excepciones son importantes.

Miedo a la soledad

“Todos los hombres, en algún momento de sus vidas, se sienten solos. Y lo están. Vivir es separarse de lo que fuimos para acercarnos a lo que seremos en el futuro. La soledad es el hecho más profundo de la condición humana.” Octavio Paz

La soledad no tiene un único significado. Aparentemente, supone un estado, el hecho de estar solo quizás, o eso diría la mayoría. Sin embargo, la soledad no es un hecho concreto, ni una situación, es un sentimiento. Es la sensación interna, la vivencia que una persona experimenta y no tiene nada que ver con la cantidad de gente que haya a su alrededor. Incluso hay gente que no ha llegado a experimentar  el estar solo y lo teme más que nada en el mundo.

4755572609_0c41fdf4fc_oEl miedo a la soledad es bastante común y un motivo que se esconde detrás de muchos problemas psicológicos. En nuestra sociedad es raro que alguien la tome como algo natural, es el tabú, lo terrible, algo de lo que huir, y tenemos montones de recursos para estar siempre acompañados: televisión, teléfono, redes sociales, mensajería… la seguridad de saber que siempre hay alguien al otro lado, que no estamos ‘solos’. Y aun así, es difícil deshacerse de esa sensación de vacío que para algunas personas es la soledad. A menudo se confunden. Lo que sucede es que al estar ‘sin ruido’, sin distracción, entramos en contacto con nosotros mismos, se hace el silencio y se escucha mejor nuestro interior. A lo mejor no nos gusta lo que oímos. A lo mejor no nos gusta lo que nos preguntamos; o a lo mejor me quedo conmigo mismo y resulta que no me gusto… Hay muchas personas que tienen dañada su autoestima, así que no tienen una ‘brújula interna’ para vivir, y necesitan estar siempre en contacto con otros para tener referencias en la vida. El reflejo que les dan los demás les dice como son, lo que deben hacer y en general no tienen que responsabilizarse de sí mismos. Cuando están solos, no saben quiénes son ni qué hacer. La peor parte de la soledad es la sensación de estar ‘perdido’, aislado, dejado llevar a una corriente que no sabemos dónde lleva. Incluso incomprendido, sobre todo cuando ni nosotros mismos podemos comprendernos. La respuesta de los demás nos lleva y nos da confianza.

Cuando una persona se conoce, se acepta, se respeta, en conjunto se gusta y se siente confiada, no teme a la soledad, puede incluso buscarla en algunos momentos. Esos momentos sirven en las personas equilibradas para intimar en la relación con uno mismo – “Amarse a uno mismo es el inicio de una relación para toda la vida”. Huir constante y sistemáticamente de la soledad supone perder la ocasión de conocernos y comprendernos, por lo tanto de tener una buena referencia para solucionar los problemas de nuestra vida: la nuestra propia y genuina.

Mi vida sin mí – Isabel Coixet