Todo está en tu cabeza

Sé que es una frase que de entrada puede parecer chocante por negativa, pero hoy quiero defender a todas aquellas personas que no pueden defender su malestar con una prueba médica diagnóstica. Hace unos días aparecía en páginas de información la noticia de que finalmente intentarán implantar la figura del psicólogo clínico en la atención primaria.

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Nunca es tarde si la dicha es buena. Parece ser que se han dado cuenta de que no tratar a personas que padecen dolencias psicológicas supone un sobrecoste a la sanidad pública. Hemos de tener en cuenta que somos uno de los países de la UE que más psicofármacos consume, con todo lo que eso implica.

En ningún momento quiero decir que los psicofármacos no sean seguros y eficaces para el tratamiento de las dolencias psicológicas, pero a menudo no son una solución profunda y duradera. Pueden aliviar síntomas y mejorar el funcionamiento cerebral, ser un alivio. Pero si no trabajamos nuestra mente, que va más allá del cerebro, no podremos eliminar la verdadera causa del malestar. Varios estudios científicos demuestran que la terapia psicológica combinada con un buen tratamiento psiquiátrico, llevado por un especialista, son un tándem perfecto. Incluso está reconocido que una terapia psicológica puede ayudar por sí misma al tratamiento de dolencias tan comunes como la ansiedad y la depresión.

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Por esto y por muchos motivos más, quiero decirte: sí, está en tu cabeza, pero eso no significa que no duela como un hueso roto o que no te imposibilite vivir como una fiebre alta. Puede que sea tu mente la que te lleva a sufrir, pero no significa que no sea real. Para eso estamos los psicoterapeutas, para ayudar a aliviar el sufrimiento de la mente igual que otros especialistas alivian los del cuerpo. Si trabajamos en equipo, el resultado es mucho mejor, de mayor calidad y duradero.

“La locura no es más que ser uno mismo, pero amplificado” dice Susanna en la película Inocencia interrumpida (James Mangold) A veces no hay que estar loco al uso, como dicen en la calle, para necesitar ayuda y desenmarañar nuestra madeja mental. Cualquiera pasa una crisis que ‘está en su cabeza’ ¿Dónde sino?

Burnout – el trabajo me quema

Una persona puede sospechar que está desarrollando el síndrome de burnout cuando su calidad de vida se ve afectada en su ámbito personal por causas profesionales. El primer efecto es el de desarrollar estrés crónico por causa de las características propias de su trabajo. Algunas de sus causas son la dificultad en las relaciones profesionales (con jefes, encargados, compañeros, etc.) la sobrecarga de tareas, sentimientos de miedo relacionados a la pérdida del empleo o el empeoramiento de las condiciones y la falta de realización personal a través del trabajo. Las personas que lo padecen pueden tener síntomas como:

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– Dolores musculares y de cabeza. Incluso dolores difusos e itinerantes.

– Falta de concentración y de memoria. Supone tardar más de lo necesario en hacer una tarea y puede que con peor calidad de la que realmente se es capaz.

– Falta o exceso de apetito. Depende de la persona puede perderse el gusto por la comida o en cambio buscarla como un consuelo del malestar o la angustia.

– Fatiga. Sensación de falta de energía y cansancio físico. Todo puede hacerse un mundo.

– Pérdida de iniciativa. Dificultad para establecer metas y hacer planes.

– Alteraciones del humor. Facilidad para ponerse de ‘mal humor’ o estar irritable.

– Problemas de sueño. Dificultad para conciliar el sueño o que no sea de calidad reparadora.

Cuando una persona ha llegado a desarrollar estos síntomas psicológicos, suele tener ya los efectos físicos del exceso de oxitocina. La oxitocina es una hormona que en exceso puede resultar tóxica y causar problemas en el sistema cardiovascular (subida de la presión arterial), en el sistema inmunológico (resfriados, gastroenteritis, migrañas frecuentes o incluso enfermedades autoinmunes) y el digestivo (gastritis y diarreas)

Una vez nos damos cuenta de que podemos estar afectados por el  burnout, es necesario poner remedio lo antes posible. Te dejo algunos consejos que pueden serte útiles para tomar conciencia:

– Eres dueño de tu tiempo, organiza tú mismo tu horario y recuerda añadir tus necesidades personales.

– Delega y establece límites. Pedir ayuda no es de débiles, es de responsables.

– Aprende a priorizar y racionalizar el tiempo. No eres una máquina y el día tiene un número de horas limitado.

– No te hagas propios los problemas ajenos. Ayuda cuando puedas, no lo tomes como una tarea más.

– Para y organiza tus vacaciones y descansos. Si no repones pilas, tarde o temprano lo pagas.

– Busca tiempo para estar al aire libre y en contacto con tus amistades y familia. Relativizar las cuestiones laborales es muy útil para la salud mental. Distraerse despeja la mente para buscar soluciones más adelante.

Afrontar los cambios

Hace ya tiempo me hicieron una sencilla pregunta que me resultó muy reveladora: ¿cuál es el antónimo de cobarde? En unos segundos, lo primero que se te ocurre es ‘valiente’. Sin embargo, después de oír la respuesta del preguntador, no podía creer que hubiera caído en el error. En realidad, el contrario de cobarde es temerario, porque si te acobardas es porque tienes miedo, sino lo tienes, es que te arriesgas demasiado o no valoras los riesgos. Valiente, en cambio, significa que a pesar de tener miedo, lo afrontas. Un gran diferencia, al menos a mi parecer. Cuando una persona hace terapia a veces cree que necesita no tener miedo para afrontar una situación, por eso la pospone constantemente. Es completamente falso. Todas las personas tememos los cambios cuando estamos sanos, porque la incertidumbre genera inseguridad. La diferencia está en lo que confiemos en nuestras capacidades para superarlo:

Inteligencia es lo que usas cuando no sabes qué hacer (Piaget)

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No tiene nada que ver con lo mucho que estudiaste en la escuela o los libros que te hayas leído. Sino en tu capacidad para adaptarte al medio en que te toca vivir, en aprender con la práctica. Lo hiciste desde niño, aunque quizás ya no te acuerdes. Lo que sucede es que a medida que crecemos, a nuestro alrededor se amplía una zona próxima que llamamos zona de control. Todo lo que ya conoces y crees que puedes controlar. Y claro que da seguridad y una sensación de tranquilidad. Pero también ten algo muy claro: la zona de confort es un lugar hermoso, pero nada crece allí.

Para poder cambiar nuestra vida, el primer paso es ser consciente de lo que nosotros sí podemos cambiar, de aquello que depende de nuevas conductas y actitudes y practicarlas hasta que se obtenga el resultado. Muchas personas llaman a esto ‘sacrificio y esfuerzo’, para mí es aprendizaje. Esta la única verdadera arma que tenemos en nuestra vida: la posibilidad de sacar partido a nuestras experiencias. Es la manera de encontrar caminos que nos lleven a lugares más agradables y satisfactorios.

La creatividad requiere el coraje de dejar ir las certezas. (Fromm)

Cuando la sexualidad es un problema…

Las relaciones sexuales pueden ser en ocasiones una fuente de estrés, una frustración, un aburrimiento. Para algunas personas puede ser algo muy poco satisfactorio. A veces tienen una causa fisiológica y otras una psicológica; puede ser mezcla de las dos cosas. Puede depender también de un momento puntual o un problema que nos haya sucedido toda la vida. A menudo no se presentan de forma abrupta, quizá parezca algo progresivo. Sea del tipo que sea, un problema sexual puede ser un tabú y un ámbito en sombra que puede limitar la vida de la pareja y el mundo relacional de la persona.

Para poder hacer una evaluación que nos lleve al tratamiento correcto, hemos de hacer un análisis global de la persona: descartar cualquier problema de salud, conocer su visión sobre la sexualidad y atender al momento vital por el que está pasando. Los problemas sexuales son síntoma de movimientos psicológicos internos que muchas veces están dañando a la persona.

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Las preocupaciones, dificultades, el estrés, la desesperanza y los problemas no nos pueden permitir la tranquilidad y el disfrute que son necesarios para que la sexualidad fluya. Es muy difícil que si estamos muy obsesionados con algún tema luego podamos automáticamente desconectar y abandonarnos a sentir. Y esto es al fin y al cabo la sexualidad: la capacidad de dejarse llevar al placer, en cualquiera de sus formas.

Cuando una persona tiene un problema sexual, generalmente siente angustia o ansiedad ante la idea de tener relaciones, se preocupa tanto por lo que pueda suceder que la situación no fluye y facilita que le suceda aquello que más teme. Por eso, puede llegar a evitar situaciones de relación por miedo, tensión o vergüenza.

Somos sexualmente como somos en la vida. Conocer cómo nos relacionamos con nuestro cuerpo y como lo utilizamos en la relación con los otros es un viaje de conocimiento sobre nosotros mismos. La sexualidad es un juego, así que hay que acercarse a él como niños.

¿Debería saberlo…?

Un buen ejemplo de un mito muy extendido en la comunicación de pareja es aquel que nos dice que hay que saber lo que piensa, siente o necesita el otro. Y además, saberlo mutuamente, en el momento y de forma espontánea. Un clásico que nos han colado socialmente. Este mito supone un poder realmente paranormal: leer el pensamiento. Es una simbiosis irreal. Además, si no sucede, es una fuente de discusiones, reproches y frustración inacabable. Y sobretodo inútil. Es una creencia muy común pensar que si queremos a alguien debería ser así para que todo fuera bien. Es más, cuando nos vemos en la necesidad de pedir algo o de expresar nuestro desagrado podemos pensar que algo malo sucede con la relación. Debemos diferenciar:

Adivinación: Hecho que se conoce sin utilizar procedimientos basados en la razón ni en conocimientos científicos sino por medio de magia, interpretación de signos de la naturaleza, etc.

Empatía: Es la capacidad cognitiva de percibir, en un contexto común, lo que otro ser puede sentir.

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Está más que bien querer entrenar la empatía. Pero eso supone tener toda la información necesaria. Si no damos al otro una información mínima, no conocemos capacidad ‘humana’ para saberlo. Como generalmente no nos han educado para ser más eficientes en este campo, hay varias cosas que tenemos que tener en cuenta:

  • Tengo derecho a pedir (no exigir) De una manera sensible y asertiva no hay problema en transmitir en mis relaciones lo que me hace falta.
  • Puedo preguntar. Si no sé qué puedo hacer por ti, lo que demuestra mi interés es preguntártelo para ayudarte.
  • La gente se equivoca, es parte de ser humano. No pasa nada si pedimos perdón por la inconveniencia e intentamos arreglarlo. La próxima vez, ya lo sabremos.
  • Puedes entender perfectamente a alguien y no por ello estar de acuerdo. Puedes ser respetuoso con los sentimientos ajenos pero no por eso acatarlos.

Cambiar esta idea sobre la comunicación de pareja puede eliminar quebraderos de cabeza que desgastan las relaciones. Si crees que es algo con lo que puedes tener dificultades, no dudes en consultar y revisar una comunicación más directa y sana.

Cuidar del niño interior

“Eso pasó hace mucho tiempo”, “no pienso casi en ello”, “era un niño”… La última de las excusas es la que más impacta al oírla. Que fueras un niño no justifica que lo que pasó fuera mejor o menos malo. Los niños sienten igual que los adultos, y además tienen menos recursos para poder digerir la información. Por eso lo que nos sucede en la infancia es tan potente, a menudo se encapsula en nuestra mente y es vívido como si hubiera sucedido ayer. A muchos adultos les sorprende que algo que pasó hace mucho tiempo les pueda seguir emocionando.

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Las experiencias en nuestra vida cuentan desde el minuto uno que llegamos al mundo. Imagina que cada experiencia es un pequeño ladrillo que va construyendo quienes somos. Algunos son ladrillos más grandes que otros. Por lo tanto, todo lo que nos ha pasado colabora a conformar quien somos y la idea que nos hemos hecho de cómo son las cosas. Si nos han pegado pensaremos que pegar es normal y en realidad no lo es. Justificar ciertas acciones en la infancia puede suponer una herida que no se ha curado y sigue doliendo en la edad adulta. Es norma general que nos convenzan de que madurar es dejar atrás una serie de cosas: dibujar, imaginar historias, soñar despierto, reír abiertamente, jugar, hacer experimentos y sobretodo ser espontáneo. Pero nos olvidamos que este es el camino por el que aprendemos. Si nos volvemos adultos ‘muy serios’ acabamos limitando nuestras opciones porque no hemos alimentado nuestra creatividad como hacemos de niños. Nos vamos llenando de miedos.

Me gustó mucho este corto de Peter H. Reynolds que me enviaron el otro día. Me resulta muy conmovedor y pienso nos da una buena oportunidad de reflexión.

A menudo hemos dejado tan atrás a ese ‘niño interior’. Podemos tener la sensación de falta de sentido que nos lleva a la insatisfacción vital. Por eso, es importante no olvidarnos de mantener una línea directa con nuestros sentimientos y deseos con la que nos podamos comunicar asiduamente. Estas preguntas te pueden ayudar a ver si la mantienes o no. Y responder con monosílabos no vale:

  • ¿Te preocupa más hacer las cosas bien o las cosas correctas?
  • ¿Te gustaría tener menos cosas que hacer o hacer más cosas que disfrutes?
  • ¿Por qué haces tantas cosas que no te gustan si hay tantas cosas que te gustan y no haces?
  • ¿Qué consejo le darías a tu niño pasado si pudieras volver atrás?

Aprovecha el verano y el buen tiempo para conectarte contigo mismo. Las vacaciones nos dan la ocasión de realizar pruebas y tener ese tiempo valioso para hacer cosas diferentes. Aunque sean pequeñas píldoras, pueden reactivarte durante tiempo. Las excepciones son importantes.

Miedo a la soledad

«Todos los hombres, en algún momento de sus vidas, se sienten solos. Y lo están. Vivir es separarse de lo que fuimos para acercarnos a lo que seremos en el futuro. La soledad es el hecho más profundo de la condición humana.» Octavio Paz

La soledad no tiene un único significado. Aparentemente, supone un estado, el hecho de estar solo quizás, o eso diría la mayoría. Sin embargo, la soledad no es un hecho concreto, ni una situación, es un sentimiento. Es la sensación interna, la vivencia que una persona experimenta y no tiene nada que ver con la cantidad de gente que haya a su alrededor. Incluso hay gente que no ha llegado a experimentar  el estar solo y lo teme más que nada en el mundo.

4755572609_0c41fdf4fc_oEl miedo a la soledad es bastante común y un motivo que se esconde detrás de muchos problemas psicológicos. En nuestra sociedad es raro que alguien la tome como algo natural, es el tabú, lo terrible, algo de lo que huir, y tenemos montones de recursos para estar siempre acompañados: televisión, teléfono, redes sociales, mensajería… la seguridad de saber que siempre hay alguien al otro lado, que no estamos ‘solos’. Y aun así, es difícil deshacerse de esa sensación de vacío que para algunas personas es la soledad. A menudo se confunden. Lo que sucede es que al estar ‘sin ruido’, sin distracción, entramos en contacto con nosotros mismos, se hace el silencio y se escucha mejor nuestro interior. A lo mejor no nos gusta lo que oímos. A lo mejor no nos gusta lo que nos preguntamos; o a lo mejor me quedo conmigo mismo y resulta que no me gusto… Hay muchas personas que tienen dañada su autoestima, así que no tienen una ‘brújula interna’ para vivir, y necesitan estar siempre en contacto con otros para tener referencias en la vida. El reflejo que les dan los demás les dice como son, lo que deben hacer y en general no tienen que responsabilizarse de sí mismos. Cuando están solos, no saben quiénes son ni qué hacer. La peor parte de la soledad es la sensación de estar ‘perdido’, aislado, dejado llevar a una corriente que no sabemos dónde lleva. Incluso incomprendido, sobre todo cuando ni nosotros mismos podemos comprendernos. La respuesta de los demás nos lleva y nos da confianza.

Cuando una persona se conoce, se acepta, se respeta, en conjunto se gusta y se siente confiada, no teme a la soledad, puede incluso buscarla en algunos momentos. Esos momentos sirven en las personas equilibradas para intimar en la relación con uno mismo – “Amarse a uno mismo es el inicio de una relación para toda la vida”. Huir constante y sistemáticamente de la soledad supone perder la ocasión de conocernos y comprendernos, por lo tanto de tener una buena referencia para solucionar los problemas de nuestra vida: la nuestra propia y genuina.

Mi vida sin mí – Isabel Coixet